5G y la contaminación electromagnética: enfrentando a un enemigo invisible

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Investigaciones recientes advierten sobre los riesgos potenciales de la tecnología 5G. Al mismo tiempo, las empresas aceleran el desarrollo de nuevos dispositivos. Autoridades globales recomiendan cautela respecto a los impactos de los campos electromagnéticos.

La contaminación electromagnética puede parecer un concepto abstracto y distante. Aun así, podría convertirse en uno de los problemas ambientales más urgentes y severos que nuestra generación necesite abordar, casi a la par del cambio climático.

 

5G y la contaminación electromagnética: enfrentando a un enemigo oculto

Investigaciones recientes subrayan los riesgos potenciales de la tecnología 5G. En paralelo, las empresas intensifican la introducción de nuevos dispositivos. Entidades internacionales instan a la cautela frente a los impactos de los campos electromagnéticos.

La contaminación electromagnética puede sonar vaga y remota. No obstante, junto al cambio climático, posiblemente represente uno de los retos ambientales más críticos y urgentes para nuestra generación.

Tuvieron que pasar más de doscientos años para que la comunidad científica comenzara a discutir sobre el cambio climático. Sin embargo, solo treinta años después del auge de las tecnologías inalámbricas, ya se han emitido treinta resoluciones. Estas, firmadas por cientos de científicos y médicos independientes, advierten que estas tecnologías, incluso a “niveles miles de veces inferiores a los límites legales actuales”, son extremadamente perjudiciales para toda forma de vida.

Los principales emisores de campos electromagnéticos incluyen teléfonos móviles y inalámbricos, wifi, antenas de telefonía móvil, líneas de transporte eléctrico, transformadores y una variedad de electrodomésticos.

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Hipersensibilidad Electromagnética

Más de dos mil estudios científicos, todos revisados por expertos, han vinculado el uso de tecnologías inalámbricas con cáncer, estrés celular, radicales libres nocivos, daño genético, alteraciones en el sistema reproductivo, problemas de aprendizaje y memoria, y trastornos neurológicos. Estos estudios insisten en la necesidad de adoptar el principio de precaución para evitar una posible “pandemia mundial”. Además, solicitan que la Organización Mundial de la Salud (OMS) y las Naciones Unidas formen comités de expertos independientes para explorar soluciones factibles.

Estos informes también abogan por el reconocimiento oficial de la electrohipersensibilidad y la sensibilidad química múltiple como dos aspectos de una misma enfermedad. Urgen a la Unión Europea a pausar el despliegue de la tecnología móvil 5G hasta que se pruebe que es segura para niños, bebés y fetos. Resaltan que las tecnologías actuales, como 2G, 3G, 4G y WiFi, ya están causando daños significativos no solo en humanos sino también en árboles, huevos, pájaros, abejas y animales salvajes.

El Parlamento Europeo, en 2009, y el Consejo de Europa, en 2011, también han pedido la aplicación del principio de precaución. El primero destacó un punto crítico: las compañías aseguradoras ya están adoptando medidas de precaución al excluir, en sus pólizas de responsabilidad civil con operadoras, los daños potenciales de los campos electromagnéticos a la salud.

El Consejo de Europa ha recomendado reducir los niveles permitidos de intensidad de 41 V/m a 0,6 V/m a corto plazo, y a 0,2 V/m a largo plazo. Propone la creación de zonas libres de radiación, la sustitución de WiFi por cable en las escuelas, y la sustitución de teléfonos inalámbricos por modelos con cable. Además, sugiere que se informe claramente sobre la tasa de radiación y los riesgos para la salud en el empaque de los móviles, donde se note que algunos dispositivos pueden alcanzar picos de más de 6 V/m.

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Reacciones de la Industria

Las empresas de telecomunicaciones han demostrado ser extremadamente astutas. Antes de la formación de comités por entidades internacionales y gobiernos, han establecido sus propios “comités de expertos”. Estos grupos incluyen científicos vinculados, de manera directa o indirecta, con las industrias eléctrica, de telecomunicaciones y de seguros.

Un ejemplo es la Comisión Internacional sobre Protección contra Radiaciones No Ionizantes (ICNIRP). Esta organización privada ha fijado los actuales niveles permitidos de intensidad, basados únicamente en los efectos térmicos a corto plazo, sin considerar los efectos biológicos de exposiciones crónicas. Estos niveles son utilizados como referencia por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y diversos gobiernos.

Otro caso es el del Comité Científico sobre Riesgos Sanitarios Emergentes y Nuevamente Identificados (SCENIHR) en la Unión Europea. Algunos de sus miembros han sido acusados de tener conflictos de interés por sus lazos con la industria de telecomunicaciones.

En España, el Comité Científico Asesor en Radiofrecuencias y Salud (CCARS) está vinculado al Colegio de Telecomunicaciones. Uno de sus miembros dirigió una cátedra financiada por Telefónica en la Universidad de Oviedo. Otro preside la cátedra del colegio de ingenieros de telecomunicaciones en la Universidad Politécnica de Madrid, y otro más ha sido asesor biomédico de SATI, apoyado económicamente por compañías de telecomunicaciones.

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Intereses de los Medios de Comunicación

Por un lado, las empresas de telecomunicaciones se han convertido en accionistas clave de conglomerados como Prisa y financian gran parte de los medios a través de la publicidad.

Además, han surgido lobbies que, en España donde no hay una ley que los regule, operan bajo la fachada de ONGs escépticas que defienden “la verdad científica”. Estos grupos, con miembros que incluyen periodistas, frecuentemente citan en sus publicaciones únicamente informes de los comités previamente mencionados. Ignoran deliberadamente las resoluciones científicas e institucionales que no respaldan sus intereses y lanzan intensas campañas mediáticas durante juicios importantes, logrando varios fallos a favor en Europa y España que reconocen incapacidades totales por electrohipersensibilidad. También cubren ampliamente los informes del CCARS.

Por otro lado, los gobiernos parecen legislar siguiendo las directrices de estas empresas. La Ley de Telecomunicaciones española, por ejemplo, eliminó la necesidad de una licencia ambiental municipal, que era la única herramienta de protección de la salud pública de la que disponían los Ayuntamientos, y la reemplazó por una “declaración responsable” emitida por las propias compañías implicadas.

Recientemente, el CCARS presentó, en un evento en el Ministerio de Industria y acompañado por un secretario de Estado, su Informe sobre Radiofrecuencias y Salud 2013-2016. Este informe fue entregado a la directora general de Salud Pública y sugiere que las tecnologías inalámbricas son inofensivas para la salud y que quienes se declaran electrohipersensibles sufren un trastorno psiquiátrico que requiere terapia.

El análisis de este informe revela significativas fallas metodológicas y de contenido que ponen en duda su credibilidad e independencia. Incluye manipulaciones como tergiversar resúmenes de estudios científicos, discrepancias totales entre el contenido del estudio y sus conclusiones, y la omisión de investigaciones que contradicen sus afirmaciones, usando sus propios criterios de búsqueda.

Científicos renombrados como Martín Pall, Chiara De Luca y Dominique Belpomme han demostrado con pruebas objetivas, como encefalogramas y marcadores genéticos y biológicos, que hay daños celulares, metabólicos o neurológicos serios en personas electrohipersensibles. Otros estudios indican que estos daños podrían afectar a toda la población y a diversas formas de vida.

 

Un enemigo oculto

El impacto de estas tecnologías en la salud podría superar al del tabaco. Afectan al 100% de la población: todos las usan o, al menos, están expuestos a ellas, incluso en sus propios hogares. Las compañías de seguros no asumen la responsabilidad por los daños que estas causan. Sin reconocer el problema, se continúa su expansión sin medidas preventivas. El doctor Pall señala que la solución no es eliminar estas tecnologías, sino usarlas de manera más racional e investigar cómo minimizar sus efectos negativos.

A pesar de esto, la sociedad, profundamente dependiente de las tecnologías inalámbricas y a menudo desinformada, no muestra preocupación ni interés por estos riesgos. Exige constantemente más conexión, más velocidad, más potencia. Si los medios no informan sobre un problema, este parece no existir. Y lo que no se conoce, no se puede reconocer. Algunos se aseguran de que continúe siendo así.